Tengo que reconocer que la reflexión que pretendo recoger en este artículo me genera una cierta inquietud. Inquietud porque intuyo que no está de moda defender la virtud del consenso en la política, o incluso me atrevería a decir, en las cuestiones públicas. Y al ser éste el propósito de dicho artículo temo que pueda no ser entendido. Muy probablemente resultaría más fácil escribir una reflexión en contraposición a otra, confirmando una cierta identidad construida como la antítesis de otra. Pero no es esa la intención de este artículo.

Y dejamos de darnos cuenta que lo que es bueno para nuestro país no reside en la razón que ostentamos sino en los consensos que concitamos (…)

La idea de escribir este artículo nace el miércoles de esta misma semana. Ese mismo día a la mañana acudo a la presentación del acuerdo firmado entre Arantzazulab y el Ayuntamiento de Tolosa, que tiene como objetivo experimentar en la puesta en marcha de un proceso de democracia deliberativa en el citado municipio, con la colaboración del organismo internacional OCDE (Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos). Desde mi punto de vista la virtud del proyecto que se presentó se encontraba en tres aspectos fundamentales, que son justamente los mismos que considero importantes en el proyecto de Arantzazulab.

El primero de ellos se refiere a la importancia de la experimentación y la innovación social. No decimos nada nuevo al señalar que vivimos en tiempos de cambio permanente, donde los retos que afronta la humanidad en general, y nuestro país en particular, son de una enorme envergadura y complejidad. Ya no nos valen las recetas pasadas, ni las narrativas que nos dimos y que nos han ayudado a avanzar y a llegar hasta aquí. El contexto actual no lo permite, se han convertido en caducos, y necesitamos experimentar e innovar para encontrar nuevas preguntas que den mejores respuestas.

El segundo de los aspectos se refiere a la necesidad de conectar estas experiencias con lo que esta ocurriendo a nivel internacional. En el ámbito internacional existen experiencias de gran interés de las que aprender, alimentarse, y conectar lo nuevo de aquí con lo nuevo de allá. En cierta manera, supone situar a nuestro país con visión de futuro, adelantarse al mismo. 

Y el último de los aspectos, se refiere al consenso político y social. La foto de las personas y agentes que fueron invitados a ese acto es el claro ejemplo del consenso que estamos mencionando. Pero Arantzazulab, en sí misma, también es la viva expresión de ese consenso, con la participación de las tres universidades, la Diputación Foral de Gipuzkoa, el Ayuntamiento de Oñati, Kutxa Fundazioa, Arantzazuko frantziskotar probintzia, Eusko Ikaskuntza, Telesforo Monzon eLab, Agirre Lehendakaria Center o Arantzazuko adiskideak.

Esa es la sensación que traía de Arantzazu cuando a la tarde pude leer la noticia de que el Gobierno Vasco y EHBildu llegaron a un acuerdo sobre los presupuestos del año que viene. No negaré que me alegró la noticia. Y lo hizo porque considero que vivimos tiempos muy difíciles de abordar desde la polarización, por no decir imposibles. Es más, me atrevería a decir que los proyectos que son capaces de abordar la complejidad de los retos actuales se están construyendo sobre los tres aspectos que antes he mencionado. Y uno de ellos, determinante desde mi punto de vista, es el del consenso político y social.

Y es ahí donde me gustaría detenerme. Aunque no esté de moda, aunque la moda resida en 140 caracteres que en la mayoría de las veces lo único que pretenden es demostrar que tenemos razón. Y desde ahí, desde la razón que nos otorgamos y aquella que negamos, desde esa supuesta seguridad, somos capaces de advertir lo que es bueno y deja de serlo para nuestro país. Y dejamos de darnos cuenta que lo que es bueno para nuestro país no reside en la razón que ostentamos sino en los consensos que concitamos, en los proyectos que son capaces de aglutinar el máximo de las sensibilidades y visiones posibles.

En la década de los años 60 se configuró todo un movimiento político y social que estableció las bases de lo que actualmente somos, de lo que nos ha traído hasta aquí, de lo construído hasta la fecha. Son innumerables los ejemplos de ese florecer, desde los proyectos educativos, hasta los proyectos cooperativistas, del euskara, etc. Pero creo sinceramente que desde hace algunos años nos hemos encontrado como en un especie de barco a la deriva. Esa narrativa dejó de servir, ya no era capaz de generar dinámicas, inercias ni sinergias capaces de continuar evolucionando y construyendo. El mundo cambió, de tal manera que esas narrativas ya no podían seguir siendo el suelo sobre el que seguir construyendo. Y la pregunta sería entonces sobre qu´é cimientos deberíamos de construir lo nuevo.

Pues bien, creo que a este respecto algo está cambiando. De una especie de deriva estamos pasando a un cierto florecer. Se están produciendo movimientos, se están generando experiencias, se está innovando, quizás no todavía con la envergadura que nos gustaría pero sí con el suficiente impulso. Todavía no sabemos qué es lo que va a ocurrir, pero el movimiento, la experimentación, nos dicen que algo esta por venir. Y cuando hablo de esto, y para poner nombre y apellido a las cosas, me refiero a proyectos como el de Arantzazulab, Telesforo Monzon eLab, Agirre Lehendakaria Center, Debagoiena2030, el proceso sobre educación de Eusko Ikaskuntza, Biziola, Badalab, etc.   

Tengo la sensación de que vivimos en una especie de transición. Una transición en el que lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer, pero que va camino de nacer. Y creo, como he señalado, que la clave de los proyectos transformadores será su capacidad de concitar grandes adhesiones, no solo de los que comparten nuestra razón, sino también de aquellos que en parte no la comparten y en parte sí. En definitiva, quizás si nos atrevemos a cuestionar algunas de nuestras grandes certezas seremos capaces de construir grandes respuestas.

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