De una u otra forma, se trata de buscar las seguridades en el pasado que no encontramos en el futuro. Se trata de lo que Zygmunt Bauman tituló en su libro póstumo: Retrotopía, es decir, que en ausencia de utopías del futuro las construimos sobre el pasado.

Si preguntáramos a cualquier persona joven si espera que sus condiciones de vida en el futuro sean mejores que las de su madre o su padre, la respuesta hoy en día, casi con absoluta seguridad, sería que no, que seguramente serían peores. Y es que hubo un tiempo en que las siguientes generaciones siempre pensaban que vivirían mejor que las anteriores. Era la secuencia lógica. Eso nos ocurría con nuestros padres y nuestras madres, y lo mismo ocurriría si siguiéramos en esa línea ascendente. Pero esta generación, la generación joven de este tiempo, probablemente sea la primera que ve invertida la evolución y la expectativa natural de las cosas, es decir, que no se cumple la regla de que los avances en la humanidad sirven para que ésta cada vez pueda vivir mejor.

Esta situación, de futuro incierto, e incluso oscuro, es lo que lleva a las sociedades actuales a la búsqueda de certezas y seguridades, no ya en ese futuro desesperanzador, sino en un pasado mitificado. La gente necesita certezas para poder sobrevivir, y las busca en aquello que fue, o que cree que fue. Así es como encontramos fenómenos como el de la extrema derecha, que vuelve a los valores tradicionales como el de la familia, la raza, la visión religiosa más conservadora, lo rural enfrentado a lo urbano cosmopolita, etc. Se trata de una regresión a esa figura del padre blanco jerárquico, que asume el rol de proteger a la familia frente a los males que le rodean, a su vez que ordena sobre ella. Es el padre que da seguridad, cuya imagen no sólo está vinculada con la familia, sino también con la sociedad, la economía, la política….

Y frente a esto, encontramos otras miradas al pasado. Aquellas que nos dibujan tiempos de revoluciones, de movimientos sociales, de logros políticos, económicos y sociales. Aquellas que queremos recuperar para este presente, y sobre todo, para el futuro que nos depara.

De una u otra forma, se trata de buscar las seguridades en el pasado que no encontramos en el futuro. Se trata de lo que Zygmunt Bauman tituló en su libro póstumo: Retrotopía, es decir, que en ausencia de utopías del futuro las construimos sobre el pasado. Miradas al pasado que tienen mucho que ver con la construcción de identidades, y de la seguridad que otorga el saber quiénes somos. La cuestión se encuentra en si todos y todas consiguen encontrar y extender esas identidades. Está claro que la extrema derecha sí, a tenor de los resultados electorales. ¿Y el resto?

Si miramos a la sociedad vasca no podemos decir que no existan identidades en las que nos reflejemos. Es más, podríamos decir que esas identidades han marcado el pasado reciente de nuestro país, a veces incluso hasta el punto de vernos alejados. Ahora bien, ¿esas identidades siguen manteniéndose y observándose de la misma manera que hace 40-50 años? ¿o más aún, que hace sólo 20-30 años? ¿Las nuevas generaciones siguen identificándose con esas identidades tal cual las entendíamos hace algún tiempo?

Hubo un tiempo en que la cultura y la identidad vasca vivieron una importante exaltación que se reflejó en la creación de las Ikastolas, de Ez dok hamairu, o incluso del Rock Radical Vasco, etc. Fue un periodo de la necesaria autoafirmación de la identidad en un tiempo caracterizado por las consecuencias de la pérdida de la guerra civil. Pero ese tiempo coincide también con otra expresión de la identidad, la de aquellas y aquellos trabajadores que venían de otros lugares del Estado. Una identidad que en ocasiones se vivía como una amenaza, de la misma manera que la identidad vasca también se vio como una amenaza por aquellos que no se sentían aceptados en este país, acentuando así ambas identidades como enfrentadas. Y esa ha sido la relación de esas dos identidades durante años, cuya lejanía se ha visto acentuada por el contexto de violencia que se ha vivido en ese periodo.

Y así llegamos a este siglo, donde nuestras calles se van llenando no ya de una tercera identidad, sino de múltiples identidades que vienen de otros lugares del mundo. Y en este contexto, tenemos el peligro de que también en esta sociedad se impregne la teoría de la “Retrotopía”. Porque habrá quienes en este contexto de complejidad e incertidumbre, pretendan buscar refugio en aquello que marcó un tiempo de efervescencia, intentando buscar la seguridad y la identidad que necesitan para estos tiempos. Habrá quién mitificará ese pasado, y se olvidará que requiere de una nueva actualización que no excluya su importancia y aportación. Porque muy probablemente el refugio se encuentre en aquello que es compartido por la mayoría de esta sociedad, que entiende que el futuro sólo se puede construir sobre la configuración de nuevas identidades, que sin renunciar a su origen e incluso incorporando su esencia, sean capaces de encontrar un espacio de convergencia y de cohesión social. En definitiva, cada día está más extendida la idea de superar las divisiones del pasado, y que el futuro pasa por la configuración de una nueva identidad social compartida que englobe todas esas identidades. 

Pero existen dos preguntas a las que probablemente habría que responder. La primera es la de ¿cómo se hace eso? Y desde mi punto de vista solo se puede hacer haciendo. Porque esa identidad compartida a la que nos referimos no sabemos cómo será, porque es el resultado de la construcción de un camino entre diferentes. Es ese propio camino entre diferentes el que irá definiendo y configurando esa nueva identidad. De alguna manera podríamos decir que es un cambio de paradigma, porque a diferencia de otros tiempos, no creo que pueda haber teoría o pensamiento que pueda predecir o determinar esa identidad.

Y la segunda pregunta a la que tendríamos que responder es si una vez entendido que esa nueva identidad es el resultado de la construcción de un camino entre diferentes, ¿dónde se desarrolla ese camino? Y desde mi punto de vista, en lo local, en la fuerza que adquiere el espacio local. Decía Joseba Sarrionaindia que la nación es ante todo un espacio de comunicación, y me atrevería a decir que el exponente más claro de ello es lo local. Diría que lo local, y los Ayuntamientos que lo acompañan, son la expresión máxima del espacio de comunicación de nuestra sociedad. Las experiencias en diferentes municipios y Ayuntamientos así lo afirman. Desde lo local, se ha sido capaz en algunos lugares de generar espacios hasta ese momento impensables, e incluso de abordar cuestiones que en otros marcos o instituciones no se ha sido capaz de abordar de forma consensuada, como son las consecuencias de la violencia en nuestro país. El marco local es capaz en la actualidad de transformar lo que otros marcos son incapaces de hacer.

La sociedad vasca se encuentra en estos momentos en un periodo de transición, marcado por un pasado, y que quiere construir un nuevo futuro. Y es justamente el aprendizaje de ese pasado, el que nos otorga las oportunidades para la construcción de un futuro que sea capaz de responder a los grandes retos que tienen las sociedades actuales. Necesitamos de identidades fuertes, cohesionadas, conectadas no sólo con las anteriores generaciones, sino sobre todo con las generaciones jóvenes de estos tiempos. Necesitamos identidades que sean el antídoto de pensamientos reaccionarios que cogen fuerza en este tiempo, y que a su vez nos otorguen seguridad y certidumbre para la construcción del futuro. Y eso, a día de hoy, y salvo que las cosas cambien, sólo es posible desde lo local.

La fuerza de lo local frente a las incertidumbres del futuro

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